Aprendizajes de vida III: Nada me pertenece

¡Hola de nuevo! Después de algo más de un año retomo mis escritos, aunque siento que más tarde de lo que me hubiera gustado ¡me siento muy feliz de volver a estar por aquí con vosotros!

En todo este tiempo de lo que llamamos ´pandemia´ he experimentado tanto… ha sido y está siendo un año de mucho movimiento interior, interrogantes, reflexiones y ajustes; como cuando uno hace una mudanza pero con varias de ellas a la vez. Con ésta intensidad que caracteriza a los cambios pero sin moverse ´físicamente´; estoy segura que sabes de lo que te hablo, ¿Cómo lo estás viviendo tú? ¡Me encantará leerte en comentarios!

Con el paso del tiempo, la maternidad y el movimiento surgido en el último año he tomado conciencia de que en cierto sentido todo es un regalo, un préstamo, una oportunidad única de vivir intensamente algo, exprimirlo, saborearlo, gozarlo. Nada ni nadie me pertenece.

Todo cuánto tengo, todo cuanto creo poseer puede serme arrebatado, despojado… porque no es mío, no me pertenece, incluso mi vida. Lo único que me pertenece es cómo me relaciono con ello mientras me es concedido o prestado.

En este sentido las personas que me rodean, los lugares que habito… los considero como oportunidades valiosas con las que puedo sentir, disfrutar, crecer y llegado el momento dejar ir o dejar partir. Que rápido escribirlo y que lento procesarlo…

En el río de la vida, como le llama mi maestra, nada se detiene. La vida reside en el movimiento, en el paso, en el avance de la vida misma. Cuando algo se detiene y se intenta retener encontramos muerte. Cuando algo dejamos que siga su curso algún día se encontrará con la muerte dentro del ciclo natural de la vida, para volver al origen.

Os comparto una reflexión de Khalil Gibran que me inspira: “Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo. Mira para atrás todo el camino recorrido, las cumbres, las montañas, el largo y sinuoso camino a través de selvas y poblados, y ve frente de sí un oceáno tan grande que entrar en él solo puede significar desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera, el río no puede volver. Nadie puede volver. Volver atrás es imposible en la existencia. El río necesita aceptar su naturaleza y entrar en el océano. Solamente entrando en el oceáno se diluirá el miedo, porque solo entonces sabrá el río que no se trata de desaparecer en el océano, sino de convertirse en océano”.

A vosotros, que me leéis, gracias por formar parte de este río ¡nos vemos pronto!

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